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29 may. 2012

Poblamiento de la pampa del Buenos Aires colonial


Siguiendo las vacas salvajes y compitiendo con los indios por el control del espacio y sus recursos, el blanco comienza a extender su dominio de la pampa.

La introducción del ganado vacuno en el actual territorio argentino se produce por la zona nordeste (litoral), desde las estancias paraguayas. El primer arreo vacuno procede de Brasil, donde es desembarcado y llega a Asunción, lugar desde el que se expande a las llanuras sureñas. Los hombres seguirían a las vacas.
A partir de la segunda y definitiva fundación de Buenos Aires (1580), muy pausadamente se irá ocupando la comarca circundante. Es tierra de pan llevar, para proveer a una cantidad muy escasa de criollos y españoles de bajos blasones. Estos pocos pobladores se mantenían viviendo al borde del continente, sobre la costa del Río de la Plata, de espaldas a un desierto totalmente desconocido y de frente a un inmenso río, imagen de otro desierto pero en estado líquido.


Si no existía incentivo, los hombres se quedaban en la costa
Las características geográficas de la tierra que se presentaba ante estos primeros pobladores, carecía de estímulos de cualquier naturaleza. Era un llano pastizal interminable, vacío de cosas, sin árboles ni piedras, la nada. El lugar había sido elegido como "puerta de la tierra" sureña, por razones de competencia con el Imperio Portugués. El destino pastoril que le correspondía poco a poco fue encontrando su funcionalidad a medida que se fueron reproduciendo los ganados bovino y caballar, que no tardaron en adaptarse a estas feraces campiñas. La abundancia de pastos y las benignas condiciones climáticas, resultaron factores favorables para tal proceso.
En 1589 comenzaron a registrarse las marcas a fuego de los ganados, por la necesidad de establecer su propiedad. Como el consumo era escaso y la exportación de productos ganaderos no se había iniciado, las haciendas se multiplicaron notablemente en los dos primeros siglos de ocupación de la pradera pampeana, dando origen a la vaca llamada careta, nombre como se la conocía.
No habiendo aún vallas naturales ni alambrados, piedra o madera con qué separar los lindes de propiedad, los animales comenzaron a alejarse de los centros poblados, de los rodeos domésticos, de las chacras y estancias rioplatenses. Así se fue poblando profusamente el desierto de ganado vacuno alzado, constituyendo una enorme fuente de riqueza. Lo mismo sucedió con los yeguarizos, que en grandes cantidades y en estado salvaje vivían libremente en las dilatadas llanuras.

Comienza a interesar el recurso vacuno
A medida que este proceso natural poblaba el desierto, los pueblos nómadas indígenas se acercaban a Buenos Aires, desde el suroeste, atraídos por esta riqueza de la cual extraían sus propios beneficios. Estos indios de origen chileno aprendieron a valorar las excelencias del uso del equino y no sólo se convirtieron en hábiles jinetes, también se aficionaron a comer su carne. Combatieron y extinguieron a la mayoría de las poblaciones indígenas autóctonas, siendo las pocas que quedaron colonizadas culturalmente, en un proceso llamado de araucanización.
Este movimiento de tribus indígenas interesadas en los ganados chúcaros (salvajes) coincidía con otro, desde Buenos Aires al desierto, pues algunos pobladores se atrevían a internarse en busca de la misma riqueza. Por entonces, los cueros comenzaban a tener valor, como primeros frutos mercantiles de estas tierras.
Las primeras exportaciones de cueros realizadas en Buenos Aires fueron autorizadas en 1602, y esto es coincidente con la llegada de cazadores de vacas salvajes a la provincia de Buenos Aires, procedentes de Córdoba.

Se organizan las vaquerías
De esta época datan las vaquerías, como se llamaban a tales expediciones de caza. Severamente reglamentadas por los Cabildos, se exigía el registro de las personas interesadas en la cacería de vacunos cimarrones, pues en muy poco tiempo se llegó al abuso a medida que florecía el negocio de cueros en la Colonia.
La inmensa pradera comenzaba a representar una riqueza potencial y esbozaba el comienzo de otra historia, la de la conquista del desierto, en la que lucharían tanto en los hombres blancos, como la población nativa originaria de la Cordillera de Los Andes, decididos ambos a defender sus intereses. Siempre existía alguien que anhelaba eliminar intermediarios.
Claramente demarcadas, la zonas aledañas a la ciudad de Buenos Aires, pasaron a dedicarse a otra industria, la de la producción de mulas, emparentada con la producción de plata del Alto Perú, luego una franja de buenos pastos dedicadas al engorde de ganado, y luego el desierto, para la caza de vacas salvajes, en un principio, sólo por su cuero. Y allí fueron llegando los pobladores blancos, afincándose.

Conclusión
Evidentemente, no existe forma de imaginar la permanencia e interés en el poblamiento de una región, sin una argumentación económica que la justifique. Aún cuando las decisiones originales puedan ser políticas, el tiempo pasa y éstas deben ceder el paso al interés de las personas que habitan definitivamente la zona. Este caso es un ejemplo. Cuando la vaca salvaje desaparece, es reemplazada por otras actividades, pero sin dudas es la causa esencial del movimiento poblacional que comienza en la época colonial, y se acelera cada vez más luego del periodo de independencia de las provincias del Río de la Plata.


Salutem, cives mundi.
Orlando Ampuero

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